17 de junio de 2015

Una casa de locos

  El alboroto que se oía tras la puerta de la cocina era tremendo. Hora punta en una residencia, eso lo explicaba todo. Entró justo en el momento en el que una taza volaba de una punta a otra de la mesa para caer en las ágiles manos de Jacob, con la correspondiente bronca de Milan a Min por haberla lanzado y haberle derramado el café. Dublin golpeaba con un cubierto su tazón de cereales al ritmo de la canción que cantaba con voz de pito. Junto a ella Moira parloteaba mientras se pintaba los labios mirándose en el reflejo de su cuchara. Su interlocutora, Maretta, no parecía escucharla e intentaba mantenerse concentrada en los apuntes que tenía ante sí. Su pelirroja melena despeinada y los repetitivos golpes que daba con el pie en el suelo parecían indicar que se había pasado la noche estudiando y que no estaba de muy buen humor. Mía en cambio canturreaba alegremente por lo bajo mientras se movía ágil por la cocina guardando cosas y esquivando los nuevos objetos voladores.
   -Buenos días Anna,- la saludó risueña.-Si quieres tienes café recién hecho...o eso creo.
   -Gracias,- contestó Anna sentándose junto a su amigo Min. Se acababa de servir unas tostadas cuando se oyeron unos golpes en la puerta-cristalera y entró un muchacho en chupa de cuero y con el pelo teñido en extravagantes colores.
   -¡Buenos días a todos, hoy hace una mañana estupenda!-exclamó.- Señoritas,- saludó haciendo una reverencia a Mía y Maretta. Y plantándose frente a Moira sacó una rosa de la manga-Y aquí una flor para otra flor.
  -¡Piérdete!-le contestó ella sin mirarle.
  -¡Mark, tu perrito faldero está aquí!- gritó Jacob a pleno pulmón.
  -¡Espero que esa no sea una de mis rosas, Daniel!- dijo Mía.-Vamos Dublin, es hora de ir a clase.
  -¡¡¡BIEN!!!- gritó Dublin subiéndose a la banqueta y saltando a los brazos de Milan que pasaba en ese momento ante ella.
  -Os bajo en coche si quereis, que quiero ir a mirar unos libros,- constestó Milan dejándola en el suelo.-Maretta, Min, también os puedo dejar en la parada.- Y salieron en tropel de la cocina.
  -Yo también me voy, que llego tarde a una sesión de fotos-dijo Jacob.-¡Ya era hora chicos!
  En ese momento entraron Mark y Erik a la cocina. "El día y la noche", pensó Anna. Por un lado Mark tan rubio y con esos ojos azules, bien peinado y arreglado y su semblante serio, y en contra posición Erik, alto y delgado, con sus llamativos ojos grises,su pelo oscuro revuelto y aún en pijama.
  -Podrías tirarte el rollo y presentarme a alguna modelo,-comentaba en ese momento Daniel mordiendo una manzana.
  -¡Ni de coña!
  -Venga Daniel,-le espetó Mark empujándole hacia el ventanal y volviéndose se despidió del resto.-¡Hasta luego!
  -Adios, mi princesa...-empezó a decir su amigo.
  -¡Sigue soñando niñato!- exclamó Moirá, y se levantó para perseguir a Jacob justo cuando salía por la puerta.-¿Podrías bajarme a la estación?
  -¿Pero no has oído que Milan bajaba antes?
  -No, y aún así paso de que me vean en ese coche roñoso. Prefiero que me bajes en la moto.
  -¡No!
  Y tras cerrarse la puerta volvió la paz y el apreciado silencio. Esa semana había sido para ella una auténtica locura. Acostumbrada a estar sola y en su pequeño apartamento, la Residencia le había parecido una casa de locos. Había sido divertido, en cierto modo, y Min había tenido un detallazo dejándola quedarse, pero agradecía tener que volver ese mismo día a su casa. Sonrió para sus adentros, relajada y sorbió un poco de café. Quería disfrutar de ese momento de calma y soledad. Pero de repente sus sentidos la avisaron de que algo no iba bien, y un cosquilleo la recorrió la espalda, como si la observasen. Y al volverse casi se cae de la silla. ¡Se había olvidado de que Erik estaba en la cocina! Ahí estaba, de pie, silencioso junto al fregadero, mirándola con el ceño fruncido mientras bebía lentamente de su taza. Se miraron unos segundos más el uno al otro sin hablar nada, Anna incómoda sin saber que decir y él sin cambiar de postura ni gesto. ¿De verdad estaba mirándola a ella? En toda la semana que había pasado ahí sólo habían hablado la noche en la que llegó, en la que le había prestado el gorro. Los días siguientes apenas se habían visto, y ni mucho menos habían tenido una conversación normal. Se podría decir que él "había pasado" de ella. Y justo cuando ya no podía más y sabía que una gilipollez podría salir de sus labios, cual conversación de ascensor, Erik se le adelantó.
   -Hoy es tu último día aquí, no?- dijo por encima del humo de su taza.
   -..Sí,- contestó ella entre dudosa y asombrada.
   -¿Después de comer?
   -Sí, voy a recoger ahora mis cosas y ya me marcho luego.
   Erik asintió y salió silenciosamente de la cocina dejando a Anna sola (esta vez de verdad) y confundida.
   -Sí,-se dijo a sí misma volviendo a su café ya helado,- una auténtica casa de locos.

 

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