9 de enero de 2016

8.Sexo

    No sabía en que momento del viaje había empezado la obsesión. Quizás fue la conversación repetitiva y cada vez más fantasiosa de Robbie ("Rob el Manos Largas" en la oficina) de con cuántas modelos se había acostado durante el proyecto, o el no haber podido hablar con Milan en dos días. O quizás había sido a raíz de encontrar la fotografía... El caso era que no podía dejar de pensar en las ganas que tenía de llegar a casa y encerrarse en la habitación con Milan toda una semana. Sí, estaba claro que la foto había tenido mucho que ver. La había encontrado entre unos amarillentos papeles en un bolsillo de su vieja bolsa. Una antigua polaroid en la que aparecían 7 jovenes de rostro sonriente, en traje de baño y en poses de lo más absurdas, y dos de ellos eran Milan y él. Se había reido de lo lindo al ver las pintas. La larga coleta con alguna trenza de Milan y una camiseta desteñida, su ridículo bañador y el piercing de la ceja que había perdido de un golpe contra una tabla de surf...¡Una tabla de surf! ¡Ya recordaba esa semana! Tras los exámenes y después de unas cuantas cervezas de celebración, se acordó ir a pasar unos días a la playa. ¡Vaya grupo variopinto! Y ni siquiera podría poner nombre a la mitad de ellos. Entonces le vino a la memoria una escena. Una mañana, poco después de salir el sol algo le impulsó a asomarse a la terraza del hotel. Había marejada y el cielo amenazaba lluvia pero ya había surfistas surcando las olas. Desde la playa Ian, el amigo pelma de Milan le saludó antes de coger una de las tablas y le señaló hacia el mar. Siguió con la mirada la dirección en que le indicaba y enseguida reconoció una figura que conocía bien coronada de una rubia cabellera surcando las olas en una tabla roja. Sabía que Milan surfeaba bien, pero no estaba preparado para aquello. Y no era únicamente la técnica lo que le atrajo. No pudo dejar de observar su esbelta figura, su moreno rostro concentrado, incluso cómo le caía un mechón sobre la frente. Con la misma agilidad mostrada hasta ese momento saltó casi a la orilla y riendo fue saludando a sus compañeros que le esperaban para felicitarle. ¿Sería consciente de la atracción que ejercía en la gente? Seguro que no. Dos chicas coqueteaban con él en ese mismo momento mientras se quitaba el traje de neopreno y él ni se había dado cuenta. Seguía siendo él, tan natural e inocente. Y entonces volvió la vista hacia la terraza, hacia él y le sonrió. Y él le devolvió la sonrisa sabiendo que había tomado la decisión de que iba a ser suyo, y no sólo para un rato o para dos besos tontos como ya se habían dado, si no para toda la vida.
    Jacob rememoró todo esto y en ese momento, tantos años después, se sintió un poco avergonzado y rió un poco por lo bajo. No sabía que pudiese ser tan cúrsil. Hasta Milan rió cuando le había confesado sus pensamientos de ese momento unas noches después, mientras le comía a besos y le arrancaba la ropa, con sus brazos atrayéndole hacia él y el pelo suelto haciéndole cosquillas en el cuello...
  -Y entonces la dije "nena, hay Rob para todas" y ...¿Te encuentras bien Jacob? Se te ve algo tenso.
  -Ehh, sí-contestó Jacob consciente de nuevo de dónde se encontraba: en un avión a cientos de kilómetros sobre el mar-. Sólo un poco mareado. Ya sabes que volar me pone nervioso. Y tengo ganas de llegar a casa.
  -Bueno, en una hora ya estarás descansando tan agusto en tu sofá.

    Y una hora después irrumpía con un fuerte portazo en la sala de estar de la Residencia lanzando el macuto a una silla y dejando a todos los reunidos asombrados y detenidos en sus quehaceres: Moira tumbada en un sillón ojeando una revista, Dublin peinando a Maretta en el suelo y Milan sobre una banqueta dejando un libro en la estantería.
  -¡Jacob! 
  -Tú,-dijo plantándose frente a Milan.-Conmigo, ahora.
  -Pero, ¿qué ocurre?
  -S...E...X...O, ahora!!- y cogiéndole en volandas le cargó sobre los hombros y se lo llevo escaleras arriba.
  -Ains, vaya desperdicio, con lo monos que son los dos-comentó Moira volviendo a su revista.- Salidos, pero monos.
  -A mi me parece muy bonito,-contestó Maretta acercándole unas horquillas a Dublin.
  -¿Y qué significa S...E...,eh,...S...A...O?,-intentó balbucear Dublin.
  -¡¡Nada!! 


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